Homais y Mme Bovary
La defensa de la razón, del progreso, del anticlericalismo, de la ciencia, de la familia feliz y ordenada, de las buenas letras y costumbres., Esto y más en clave positivista es Homais. Con él y su merecida condecoración se cierra la novela como si el autor quisiera llevarnos a una lectura de posicionamiento ideológico (sin olvidar la caricatura del personaje). Pero la historia demuestra que es el término bovarysmo el que ha trascendido y que el espíritu indómito e individualista de Flaubert huía del dogmatismo, quizás por ello tiene hoy una legión de incondicionales lectores. Homais escribe en un tono retórico y manipulador, se envanece cuando consigue sus avances científicos y sociales, se cree imprescindible en su pueblo. Hasta ahí llega su alcance, bastante miope.
Sin embargo, Emma es capaz de ver fea a su hija. ¿No hemos leído miles de veces que es una mujer soñadora, romántica y fuera de la realidad? Pues en esto tenemos la prueba de que no. Lo que le pasa a Mme. Bovary es que se cree capaz de vivir muchas vidas al tiempo, tantas como lee, tantas como imagina. Pero sin dejar a un lado la otra, la más real. La pena es que en ese diálogo de contrapunto con Charles no hay vías de encuentro, porque él escucha su voz solo cuando ella ya está muerta. Así, después de leer sus cartas puede decir dignamente que no guarda rencor. Escena ridiculizante para Rodolfo que solo se le ocurre atribuir la culpa a la fatalidad. Que la Bovary se materializa, no cabe duda. Se sienta sobre las rodillas de su ex-amante para pedirle dinero. Hasta dónde la ha llevado ese deseo de convertirse en carne, de prostituirse aunque fuera para dejar de ser un personaje de tinta.
Probemos a ver a Emma de otro modo, sin maniqueísmos. A Flaubert se le debieron aflojar los pantalones cuando leyó su novela de un tirón y comprobó que era lo más grande y redondo que se había escrito jamás.
T.
